Alan Greenberg - un modelo de Wall Street

Alan Greenberg - un modelo de Wall Street

11 agosto 2014, 11:50
Alice F
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El 25 de julio en Nueva York murió Alan Greenberg, la leyenda de Wall Street. Su figura sintetizaba en gran parte lo mejor y lo peor de Wall Street. Gracias a una combinación de audacia, riesgo, generosidad y pragmatismo, Greenberg logró en 30 años auparse de un puesto bajo en Bear Stearns a consejero delegado del banco de inversión. Lo catapultó a la cima pero precipitó su descenso a los infiernos, cuando en 2008, intoxicado de hipotecas subprime, tuvo que ser rescatado de la bancarrota por JPMorgan. Su caída fue la primera de un dominó que a los pocos meses hundiría a Lehman Brothers y a otros grupos bancarios y aseguradores, generando la mayor crisis financiera en Estados Unidos desde 1929.

“Encarnaba el sueño americano”, aseguró Jamie Dimon, el consejero delegado de JPMorgan, al conocer la muerte de Greenberg, que falleció a finales del mes pasado a los 86 años. El “verdadero icono de la industria” era conocido por todos en Wall Street como Ace.

Greenberg tenía siempre una baraja de cartas en su escritorio. Era un apasionado del bridge hasta el punto de haber ganado campeonatos e ideado negocios en la mesa de juego. Pero la pasión por las cartas, los trucos de magia y la caza de animales en África delataba su verdadera vocación: la asunción de riesgos. Eso sí, supuestamente controlados.

El mantra de este fumador habitual de puros y amante de las pajaritas era sencillo: estar muy atento a las oportunidades pero actuar siempre con cautela y honestidad. “La definición de un buen trader es una persona que adquiere pérdidas. La definición de extrader es la de uno que trata de cubrir pérdidas”, afirmaba. Así, cualquier agente que ocultaba un error en una transacción era despedido inmediatamente. También los que generaban pérdidas desproporcionadas.

La impaciencia se imponía como método: Greenberg estaba obsesionado por vender rápidamente activos de inversión que apenas fluctuaban o que acumulaban pérdidas. “Si algo no se mueve, véndelo hoy porque mañana valdrá menos”, solía decir, parafraseando a su padre, un vendedor textil. Bear Stearns vendía acciones al primer indicio de depreciación del valor, compraba al por mayor para que cualquier mínima subida supusiera grandes beneficios y se aventuraba a invertir en lo que la mayoría de competidores rechazaban.

De su padre no solo heredó el espíritu comercial, sino también la determinación. Nacido en 1927 en una familia humilde en Oklahoma City, de joven despuntó como jugador de fútbol americano, pero una lesión en la espalda truncó su carrera, aunque le señaló el camino de los negocios. Tras graduarse en Administración de Empresas en la Universidad de Misuri en 1949, probó suerte en Nueva York. Cinco bancos le rechazaron por carecer de un diploma de una universidad de prestigio hasta que Bear Stearns le abrió sus puertas.

Greenberg tardó poco en mostrar sus habilidades y escaló meteóricamente aunque no olvidó sus orígenes: se jactaba de no contratar a MBA sino a PSD, un acrónimo inglés para pobre, listo y deseoso de ser rico. Él mismo consiguió amasar una enorme fortuna con la salida a Bolsa del banco en 1985. Y nada parecía asustarle. El lunes negro de 1987 —en que la bolsa se desplomó un 22%— se subió a su silla en la sala de transacciones, cogió un palo de golf y anunció que al día siguiente no trabajaría. Sí lo hizo, pero más tarde explicó que con ese gesto quería mostrar tranquilidad. Otra anécdota curiosa eran sus numerosos documentos internos para reducir costes, el más conocido el que pedía dejar de comprar clips.

Bear Stearns superó con creces ese aciago día de 1987 pero 21 años después se hundió. Greenberg, que entonces era presidente, alegó haber advertido de los riesgos de los crecientes negocios con hipotecas de baja calidad pero que su sucesor y delfín como consejero delegado, James Cayne, le ignoró. Repleto de activos sin valor, el banco se hundió en marzo de 2008. La mayoría de los 14.000 empleados fueron despedidos y algunos perdieron todos sus ahorros, pero Greenberg sobrevivió sin apenas rasguños: había endido muchas de sus acciones el año anterior.

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