“España no puede sobrevivir generando empleo precario”

“España no puede sobrevivir generando empleo precario”

5 abril 2015, 18:43
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Ignacio Fernández Toxo (Ferrol, 1952) es un hombre reflexivo, sensato, de esos con los que gusta hablar y escuchar. Un gallego de lluvia y calma que se crió en la izquierda antifranquista en los astilleros Bazán y es el secretario general de Comisiones Obreras (CC OO) desde 2008 y presidente de la Confederación Europea de Sindicatos (CES) desde 2011. En esta entrevista deja muchos mensajes sobre la realidad sociopolítica española.

Pregunta. ¿Qué lecciones deja la crisis?

Respuesta. La crisis no ha terminado, terminará cuando la gente recupere los estándares de calidad de vida que tenía antes, empezando por el empleo. Es indudable que hemos salido de la recesión; pero tenemos un crecimiento débil para lo que necesita la economía española, sobre todo en términos de empleo de calidad, y frágil por una coyuntura externa. España necesita una profunda transformación del tejido económico, no puede sobrevivir entre las naciones más desarrolladas generando empleo precario, porque los empleos precarios no generan solvencia económica, y no puede seguir viviendo casi exclusivamente del sector interior. Y a poco que se ha recuperado la economía se vuelve a poner de manifiesto los déficits estructurales que derivan en el persistente déficit exterior.

P. Se habla mucho del nuevo modelo económico, ¿usted lo ve por alguna parte?

R. No. Queda mucho por hacer. En ciencia, tecnología, una política energética adecuada en un país que es enormemente dependiente (no existe una política común europea). Falta cualificación, necesitaríamos un ambicioso programa de formación dual que siente las bases en la relación entre el mundo de la empresa y la Universidad. Hay quien cree que la formación dual solo se acomoda a economías como la alemana que tiene grandes empresas; no es así, sirve también para las pyme. Sería deseable mayor conexión entre el Ministerio de Empleo y el de Educación.

P. ¿Cómo califica el cambio tecnológico y social de estos años?

R. Brutal. El salto tecnológico es tremendo, con un doble efecto. Han venido a facilitar la vida; pero, por otro, a complicarla. Pensábamos que las máquinas iba facilitar la vida laboral y ha sido todo lo contrario. El precariado se ha extendido. El fenómeno de los minijobs de Alemania está haciendo estragos laborales en toda Europa.

P. ¿Vivimos en un cambio de era como fue la revolución industrial?

R. Si no lo es, se le parece bastante. Habrá que tomar perspectiva, pero la aceleración de los cambios es brutal.

R. A corto plazo, no veo las cosas complicadas para el sindicato. Pero lo cierto es que el mundo ha cambiado, España ha cambiado y el mundo del trabajo ha cambiado más todavía. La crisis ha acelerado esa tendencia y de ella tiene que salir otro sindicato, que se debe estar reinventando continuamente. No solo por los cambios que introducen las reformas laborales, sino también por la composición del empleo, el paro estructural, la incorporación masiva de la mujer al trabajo en condiciones tremendamente precarias, el precariado asociado a la edad y la composición del tejido productivo basado en pyme y micropymes.

P. ¿Se han adaptado los sindicatos a los cambios?

R. Cuesta trabajo. Al sindicato se le suele ver por su proyección pública. A veces se tiende a mirarlo como si fuera un partido político. Pero hay que buscarlo en el ámbito de la empresa, que es donde se manifiesta en toda su extensión. Ahí ha sido y es un factor determinante para los cambios. Ojalá se entendiera en su verdadera dimensión. Si fuera así, hace tiempo que las autoridades habrían dejado de someter el cuadro de relaciones laborales a tremendos giros. Es en el día a día del convenio colectivo donde se encuentran los elementos de flexibilidad, de avance concertado en la mejora de la productividad, la seguridad y las condiciones de vida. Sería imperdonable que nos resignásemos a convivir con el fenómeno cada vez más extendido de pobreza laboral provocada por la proliferación de múltiples formas de contratación precaria o limitación de las condiciones. Los sindicatos necesitamos estimular las afiliaciones, pero tenemos una atomización que lo impide.

P. Ustedes y la oposición pidieron un pacto de Estado en empleo, ¿en qué cree que son necesarios pactos de Estado?

R. En 2009 hicimos una propuesta de gran pacto sobre una serie de materias para enfrentarse a la crisis que nos parecía inaplazable; pero no se hizo caso. Hay temas, como la reforma fiscal que me parece capital junto con la reforma energética, la política educativa, la sanidad… Lo hemos dicho desde la CES: en un momento de cambio en Europa, España tiene que definir si el modelo social es sostenible y dentro de un marco de economía global.

P. ¿Debería hacerse una armonización fiscal?

R. Al menos en lo que sería la dieta básica. En materia de sociedades no es permisible que en unos países se opere con unos tipos y en otros, con otros, porque origina un problema de dumping fiscal. Europa necesita un presupuesto y este no se construye sin fiscalidad.

P. ¿Hay que derogar la reforma laboral?

R. Vamos a trabajar por la derogación. La última reforma nació para abaratar el coste del despido, pero también para desmontar la negociación colectiva en gran medida. Fue una apuesta por reducir sensiblemente la intervención de las organizaciones y de los trabajadores. Ha conseguido en parte lo que perseguía, que es desde el debilitamiento de la capacidad contractual, llegar a un proceso de devaluación salarial y del trabajo.

P. El acuerdo para el empleo de parados de larga duración pareció el comienzo de un entendimiento, sin embargo no ha continuado, ¿Qué ocurre con la negociación colectiva?

R. No está en su mejor momento. Necesitamos un ambicioso programa de cobertura social que hemos definido como de renta mínima garantizada como derecho del ciudadano. Tiene un coste de 12.000 o 13.000 millones. Pero es imprescindible, porque hay 1,7 de hogares donde no entra ningún ingreso y viven tres millones de personas. Esta es la mayor expresión de la desigualdad y una sociedad no puede convivir con esta situación. Pondremos en marcha una iniciativa legislativa popular porque no hay un cauce donde negociar. A estas alturas poca gente entiende que no haya un acuerdo. Entre otras cosas porque está mejorando la situación económica, como se encargan algunos de publicitarlo con grandes alharacas. Pero esa mejora no llega en forma de empleo, de salarios… Por esto no es posible firmar cualquier tipo de acuerdos. No me veo firmando un acuerdo que, en términos salariales, se sitúe por debajo del que firmamos en peores circunstancia en 2012. Por otra parte, es cierto que la inflación es negativa, pero no estamos a salvo de un empeoramiento de la misma. Tiene que haber una cláusula que garantice que no haya erosión del poder adquisitivo.

R. Si estuviera de acuerdo, habríamos firmado. El sistema de formación necesitaba cambiar, lo que pasa es que no todos los cambios apuntan en la buena dirección. No creo que la solución para dotar de más transparencia sean las consultoras y entiendo que la Negociación Colectiva debería jugar un papel más activo e importante en los proceso de formación. Pero siempre que el dinero no se destine a otras cosas. En todo caso, no hay fenómeno de corrupción asociado a la actividad de los sindicatos. Conviene decir que, por la estructura sindical y empresarial pasaba el 10% de los recursos de formación

P. Usted ha dicho: “Hay que reformar la Constitución para adaptarla a la regeneración democrática”. ¿Estamos preparados?

R. Si no lo estamos, tenemos que prepararnos, porque es inevitable. Si las formaciones políticas no lo asumen abiertamente, difícilmente lo estaremos. Pero yo, que valoro las actitudes de nuestro modelo de transición y el avance que supuso la Constitución, creo que existen presiones que ponen de manifiesto un amplio nivel de agotamiento, que trufado con una crisis que ha puesto en el escenario episodios de corrupción, lleva necesariamente a plantearse en serio una reforma de la Constitución. Esta fue avanzada en términos sociales, políticos, institucionales; pero las costuras han saltado. Poco a poco se le van metiendo bridas a la Constitución que estrechan el margen de libertades, como la reforma de la Ley de Seguridad Ciudadana.

P. ¿El agotamiento ha llevado a la corrupción?

R. O la corrupción ha coadyuvado al agotamiento.

P. ¿Es la corrupción el principal mal de la sociedad actual?

R. Es un mal que hay que erradicar. No hay tolerancia posible; pero el mal principal es el paro. Más de 5,5 millones de personas en situación de desempleo generan desigualdad. Es la mayor fuente de desigualdad del país y presenta un cuadro muy preocupante. La desigualdad es el mayor disolvente que puede tener una democracia. Y ha crecido de manera muy notable con la crisis.

P. Pero la corrupción se ha instalado y afecta a todo el mundo. CC OO acaba de probar un Código de Conducta.

R. Las organizaciones estamos obligadas a reaccionar. El código de CC OO va mucho más allá, como dar respuesta al caso de las tarjetas de Bankia, que indica que había disfunciones de cierta intensidad. No hemos sabido controlarlo. El código pretende ser un instrumento para facilitar la renovación en el sindicato con medidas como la extensión de las incompatibilidades, la transparencia en la acción pública, la limitación de mandatos al conjunto de los órganos ejecutivos.

P. ¿La regeneración democrática acabará con esos males?

R. No, las normas por sí solas no cambian. Son las actitudes de las organizaciones, de las personas, la calidad de la formación, la cultura de un país…

P. ¿Ha llegado la regeneración a los partidos políticos?

R. Está llegando. Pero hay muchas resistencias. El partido del Gobierno debería ser mucho más proactivo, entre otras cosas porque estar en el Gobierno comporta un plus de responsabilidad. Seguramente están convencidos de que están haciendo las cosas bien, pero la gente les dice que no. Está llegando también por la aparición de nuevas expresiones políticas. La sociedad es menos tolerante y, cuando no encuentra en los cauces tradicionales, busca otros para expresar su voluntad de cambio. Y este es un año especial por su intensidad y todo apunta a que vamos a salir con una profunda modificación del mapa político español.

P. ¿Cree que estamos ante el fin del bipartidismo?

R. Al final del ciclo político de este año, lo veremos; pero yo creo que vamos hacia una configuración de una realidad al menos a cuatro (los cuatro primeros de Andalucía), que en el caso de Cataluña y País Vasco parece apuntar a seis. Depende también de la capacidad de reacción de los dos grandes partidos que han hegemonizado la vida española los últimos 30 años. Pero tengo la sensación de que ha llegado a su fin y, como con la Constitución, exige una redefinición del marco.

P. ¿Cree que IU, a la que usted estuvo ligada, se ha difuminado en los vientos de la historia?

R. Espero que IU recupere la posición, porque sería injusto que el que menos responsabilidad, o ninguna, ha tenido en lo que ha pasado en estos siete años, termine pagando el pato de esta remodelación. Aunque no milito desde 1995 en ninguna formación política, me siento identificado con muchas de las cosas que defiende. Espero que no desaparezca porque es bueno que haya pluralidad. Aunque la izquierda debería ser más pragmática y buscar elementos de actuación común y pactos electorales. Acuerdos que conecten con lo que son las grandes necesidades como son desarrollo de la actividad económico, crecimiento del empleo, distribución de la riqueza, fundamentalmente. Me da pena que haya ejercicios de suicidio colectivo cuando tienen que transmitir seguridad al electorado y a su propia gente si quieren ganar el espacio, porque ahora hay mucha oferta. Respeto a cada cual, pero en este terreno la derecha es mucho más pragmática y aglutina el voto.

P. Podemos le ha quitado el terreno.

R. No solo a IU, también al PSOE. Es evidente que ha pescado también en la abstención, lo que es una buena noticia.

P. ¿Ve a Podemos con opciones de gobernar?

R. Me gustaría ver cómo evoluciona su programa. Pero es una opción que tiene tantas posibilidades como el PSOE. Parece que hay una buena parte de la ciudadanía que se referencia en esta formación. Veo a Podemos en construcción. Es más fácil el rechazo, que es donde se ha movido hasta el año pasado, que la construcción de un proyecto alternativo. A Syriza le ha costado unos años y espero que no se frustre esa experiencia de Gobierno. Hay mucha gente interesada en que no salga adelante. Podemos tiene una oportunidad, pero que consiga convencer para gobernar ya es otra cosa.

P. ¿Está reaccionando bien el PSOE de Pedro Sánchez?

R. Veo un dirigente sólido, lo que no sé es si tienen un partido sólido, un partido armado alrededor de una idea. A veces transmiten sensación de división. Y en Madrid, algo más, aunque han conseguido presentar un buen candidato para las autonómicas. No sé si les dará el resultado que esperan, pero creo que se ha sido un acierto.

P. ¿Es Ciudadanos una alternativa real al PP?

R. Creo que es un cortafuegos que impide el trasvase del voto del PP a otro campo, a Podemos incluso. Ciudadanos aparece como una derecha no contaminada y puede ser el cauce natural para ese voto que se le escapa, y además a borbotones, al PP.

P. Pero como alternativa.

R. Yo no veo un PP que esté en trance de desaparecer.

P. ¿En el terreno sindical, vislumbra la posibilidad de que se forme un tercer sindicato ligado a Podemos y potenciado por corrientes críticas dentro de CC OO?

R. No veo a Podemos impulsando un sindicato. De la recomposición del mapa político español, no veo una reconfiguración del mapa sindical.

P. Pero aquí hay gente que le apoya.

R. Hay mucha gente que está en Podemos de forma activa, pero no les he escuchado decir nada de alternativa para el sindicato. Es más, muchos de ellos forman parte de la mayoría natural de CC OO sin ningún tipo de problemas.

P. ¿Añora los años ochenta tanto desde el prisma político como sindical?

R. La nostalgia no ayuda para nada. En aquellos años estábamos en un proceso de preparación para la UE con una reconversión, etc. No me gustaría volver a aquellos tiempos, que además fueron de fortísima división sindical.

P. ¿Rajoy o Zapatero?

R. La primera legislatura de Zapatero fue de corte social, de ampliación de las libertades públicas, que supusieron un avance del que estamos retrocediendo. La segunda legislatura fue terrible, en la que Zapatero no supo enfrentarse a los acontecimientos. La política de Rajoy, diga lo que diga, no es muy distinta en lo económico a la de Zapatero, aunque las circunstancias sean distintas. La impronta la ha marcado la troika. Fueron las iniciativas europeas las que marcaron ambos periodos, lo que no les quita ningún ápice de responsabilidad en el desmontaje de garantías laborales con las reformas, primero Zapatero y luego Rajoy. Las dos merecieron la convocatoria de huelgas generales por el progresivo desmantelamiento de las fases del estado del bienestar, con erosión significativa, de la sanidad, educación y los servicios públicos y sociales. No me quedo con ninguno de los dos.

P. ¿Hay caldo de cultivo para otra huelga?

R. Si apelara a los clásicos, hablaría de las condiciones subjetivas y objetivas. Pero, en fin, en un país con 5,5 millones desempleados, las condiciones para una huelga son harto complicadas. No se ha podido aprovechar la disposición de los sindicatos que era seria y sigue siéndolo: buscar una salida negociada a los problemas gravísimos del país. Volvería a hacerlo.

P. Y la cuestión catalana, ¿qué solución tiene?

R. Tiene una solución difícil, si no, no estaría el tema tan encanallado como está. Una vez más conecta con la necesidad de una reforma en clave federal de la Constitución. Como alternativa al independentismo, que ahora parece que está en una fase de reflujo de la marea, sería bueno que el conjunto del país tomase más presencia en una posición federalista potente. Y ahí la izquierda tiene un campo de actuación muy importante que ofreciese una vía al conjunto de la ciudadanía.

P. ¿Se va a presentar al siguiente mandato?

R. Esta pregunta la responderé primero en mi casa.

P. O sea, que no me dice ni que sí ni que no.

R. En esto sí hago de gallego.

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